Sin Categoría

31 de Octubre (Halloween)

Subió al trastero a buscar una peluca verde para el disfraz de su hijo pequeño, siempre que abría el portón metálico para acceder a aquel pasillo vecinal común tenía la sensación de entrar en una especie de patíbulo de objetos. Aquellos que nadie quería ya o se usaban muy de vez en cuando estaban allí guardados como cumpliendo pena (y quizás por pena estaban allí). De repente se acordó de ese lugar que de pequeña se imaginaba cuando perdía algo valioso, donde iban a parar las cosas una vez que desaparecían, aunque era un lugar solamente accesible al pensamiento.

Recordó también que años después leyó un libro que hablaba de «el país de las últimas cosas», aunque no versaba justamente sobre las que se perdían.
Tras coger varias pelucas y otros adornos de Halloween, cerró el portón de acceso y llamó al ascensor para bajar hasta el primer piso, donde se encontraba su casa. Una vez dentro del ascensor, como siempre le pasaba, por costumbre se confundió y pulsó el cero con lo cual las puertas se abrieron directamente en el portal de entrada al edificio. Fue entonces cuando través de los cristales del mismo distinguió al otro lado una furgoneta, acababa de aparcar delante una furgoneta del tanatorio municipal. Ipso facto pulsó, esta vez sí, el primero, entró en casa y se asomó a la ventana de la cocina. Dos personas jóvenes con traje y corbata sacaron una camilla y entraron con ella en el portal. Realizó entonces un repaso mental de todo el vecindario, la mayoría eran personas mayores, desde luego el vecino del segundo no era pues a aquellas horas ya se le oía roncar.
Esperó a la ventana unos veinte minutos, mientras preparaba la cena. Finalmente escuchó abrirse de nuevo la puerta del portal, los jóvenes empujaban la camilla, sobre ella un saco blanco, dentro un cuerpo, no muy grande. Abrieron la puerta de la furgoneta y después una de las cuatro cámaras que incluía, la camilla dobló con facilidad los pies metálicos y se deslizó hacia dentro con fluidez, el cuerpo desapareció.
Se preguntó si el resto de cámaras también irían llenas, ¿con quién realizaría su vecino el último viaje? Los hombres montaron en la furgoneta, arrancaron y subieron, con dificultad, la cuesta empinada.
Ningún familiar salió a acompañar y ningún otro vecino se hubo asomado a la ventana.
Cerró la suya y sirvió la comida en los platos con cierta sensación de tristeza.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *