Sin Categoría

Suspiros y ropa reflectante

Y llegó el día, la medica me llamó por teléfono y me preguntó cómo me veía para trabajar, como contaba en la anterior entrada, en realidad me llamó para averiguar si yo había vuelto definitivamente a ser la misma. No hubo duda cuando contesté que me encontraba muy bien y no veía mayor problema. Porque realmente la de antes de la infección tampoco podía parar y seguía yendo a contracorriente, si el 80 % de tus amistades te recomiendan que pidas la baja hasta después de las Navidades, haz lo contrario, al otro 20% les da igual lo que hagas o son como tú y también consideran que es lo mejor. La familia a estas alturas ya ni opina porque saben que tampoco va a servir de mucho. Agradecidísima a la gente que me quiere tan bien, eso sí. Ahora pondría unos emoticones con corazones en los ojos.

Y todo esto lo hablé por teléfono en la calle, mi respuesta aderezada con los ruidos y sonidos propios de una gran avenida, para darle más credibilidad al asunto, en realidad me estaba tomando un café y un pincho en una cafetería cercana al instituto de mi hija, donde la había dejado poco antes de las nueve de la mañana. No me pareció conveniente hablar con mi médica allí dentro porque, entre otras cosas, un hombre mayor que estaba frente a mí no me quitó ojo desde que yo entré y me senté en una mesa resituada, con el fin de cumplir con la normativa, en un lugar que nadie hubiera imaginado nunca. No pude evitar acordarme de las figuras imposibles de Escher, pues ahí, en medio de una de ellas y sin tener muy claro si estaba al derechas, al revés o en un mundo paralelo, estaba yo sentada, pidiendo en una cafetería en la que solo faltaba que la ley de la gravedad desapareciera y comenzaran a flotar por el aire los platos y las tazas. Las razones por las que me observaba aquel hombre no estaban claras y yo creí reconocer en su rostro a un persona, amigo de la familia, que hace muchos años había fallecido. Otro ejemplo de que vuelvo a ser la misma, pero claro, no me hice ni caso.

De la neumonía hasta el momento me queda una lentitud a la hora de subir por los senderos empinados y una tendencia al suspiro mayor de la que tenía, o sea que me he vuelto más nostálgica si cabe. La sensación de falta de aire, algo normal que podemos sentir todas las personas en algún momento, se vuelve doblemente angustiosa cuando has pasado el covid con complicaciones respiratorias debido seguramente a la asociación que establecemos con el hospital y el oxígeno que nos proporcionaron cuando aún no éramos capaces de saturar con normalidad. No poder recurrir al alivio que nos suponía aquel extra que nos administraban en mi caso hace que busque en el suspiro el remedio. Sin embargo a medida que compruebas que todo ello es una sensación pasajera, te acabas acostumbrando y la ansiedad y angustia van poco a poco desapareciendo. Una cuestión de tiempo supongo. Ni tan mal suspiros por pastillas.

Por otro lado hoy a las cuatro de la tarde subí a buscar a mi hijo al comedor del colegio y al verlo salir me pareció seguir en el futuro este en el que vivimos lleno de pandemia, series distópicas y ropa reflectante, como la que él llevaba, con el logo de la gran estación espacial norteamericana en la espalda de su jersey impermeable con capucha. Verlo salir con tanto brillo me llegó a confundir y sentí algo así como un «deja vu» pero en este caso de algo que todavía no había pasado, que no tengo muy claro cómo explicar en qué consiste, si alguna vez lo consigo me encantaría que pudiera llegar a formar parte de un argumento de una serie de Netflix. Con mi pequeño gran astronauta de la mano respiré «a pleno pulmón las aguas marinas que suben y bajan del fondo del mar» y volví a casa.

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