Sin Categoría

Sueños, Nevadas y Amistades

Busco un taxi para ir al pabellón de los deportes de Gijón a tocar un concierto con Petit Pop y al rato doy con uno que me indica que puedo subir, me siento de copiloto, el coche es amplio, muy ancho y el parabrisas es una pantalla en la que el conductor puede programar cualquier imagen, de hecho no vemos la vía ni las calles, vemos colores que se transforman lentamente, como en una lámpara de aceite. Confío en que a través de algún artilugio tecnológico el taxista sea capaz de ver por dónde va…. Entramos de repente en un canal, ¡el taxi flota!, pasamos debajo del puente del río Piles, hay marejada, fascinante. Llegamos al pabellón, el resto de la banda me espera en la entrada, a la hora de pagar el taxista me pide 30 euros, le digo que ni de coña, negociamos y se va con diez. Entro y tras las bambalinas está mi batería ya montada, tengo ganas de ir al baño pero el que encuentro está como dentro de una casa muy deteriorada, sucio, impracticable y a la vista de todo el mundo (y me da vergüenza). Me aguanto las ganas. Nos avisan de que vamos a salir al escenario y yo estoy desnuda de cintura hacia arriba y llevo un bebé gordito y precioso entre los brazos, no puedo salir desnuda a tocar, ¿dónde está mi camiseta negra? ¿Y mi sujetador? No puedo tocar la batería sin sujetador, «Quiero un Pony» sin sujetador con esos crescendos que lleva, imposible. Tampoco voy a salir con el bebé, a ver. A él le da igual, está feliz. Me pongo la camiseta y lo dejo en el suelo, junto a una silla. Y me despierto.

Y pienso otra vez en el hombre que sigue sepultado bajo la nieve en Riofrío, puerto de San Isidro, me pregunto si se habrá dado cuenta de algo, si sufrió. Y en la paradoja que conlleva estar muerto y mantenerse inmaculado bajo la nieve, sin llegar a pudrirse. Y por supuesto también en su familia, qué angustia. Enciendo el teléfono y veo imágenes de Madrid nevado y me acuerdo de Pedro protestando ayer porque eso sale en los periódicos nacionales y no el temporal que sufrimos en Asturias desde hace varios días. En el guasá (whatsapp) una buena amiga me saluda desde bien temprano y me envía una rosa y algunas compañeras de trabajo cuelgan fotos del centro residencial nevado. Murky me manda un vídeo de la Plaza de Cascorro cubierta de nieve, casi sepultada y me dice que tiene provisiones solo para un día. Le digo que llame a Palapizza cuando se le terminen. Me responde que lleva puesto tres skyjamas y me envía un beso «freskito», que yo guardo en el congelador para que no se derrita. Encuentro en telegram un mensaje antiguo de Roberto, con vídeo de sus preciosas criaturas tocando la batería y el piano. Siento admiración por Martín y me hago aún mucho más fan de Olivia, la pequeña. Pienso que se está volviendo casi tan payasa como su padre pero no se lo escribo, aquí sí 😉

Me levanto y voy al baño, abro la ventana, no nieva, está lloviendo pienso que quizás más tarde o esta noche. Me voy a desayunar y repaso el sueño que tuve y todo lo que pasó desde que desperté para no olvidarlo y poder escribirlo después. Mientras desayuno leo las noticias: Nieve y Covid en primera plana, los ajustes de plantilla aparecen mucho más abajo… Las cifras de hoy son las siguientes -3 grados, 180 contagios, 130 gramos de «polvo de ángel» requisados en las Cuencas, 2 personas heridas en accidentes de tráfico, 17 millones de kilos de pescado comercializados durante 2020 en la rula de Avilés y 13 metros de largo y 15 toneladas que tiene el rorcual boreal varado en la playa de Serantes.

Mi amiga Lore envía un selfie con la Playa de San Lorenzo Nevada al fondo, su cara es genial porque ella es genial, ilumina con su presencia y te hace reír constantemente. Y también pienso en los coloretes rojos de Mar ayer en Espumeros y en su gorra chula, en el flequillo ingobernable de Eva y en el gorro de lana de Cecilia. No hay nada como el calor del amor en un bar. Bueno sí lo hay, pero lo dejo para otra entrada.

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