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Impulso irrefrenable de escribir

Si el sueño es ese momento en el que nuestra cabeza descansa reordenando vivencias y recuerdos, al parecer descansa trabajando (qué paradoja) y generalmente sin que te des cuenta, salvo que despertar te haga descubrir que estabas soñando, hay otro estado, que no es concretamente el de vigilia, en el que todo es posible. Ese a caballo entre el dormir y el despertar, en el que a la vez que estás planeando el comienzo del día aparece un manantial de ideas a rellenar tus dudas, incógnitas, problemas e incluso conflictos que hace tiempo quieres resolver y lo hace de una manera fluida y creativa, es un estado puro de la imaginación donde absolutamente todo es posible y te sientes libre. El mundo no se acaba donde todos pensamos si no que empieza otra vez cada día aunque después lo que realmente cuesta es operativizar esas ideas, ponerlas en común y ser capaz de llevarlas adelante. Cuantas veces he compartido algunas de ellas, a veces muy absurdas, con mi gente más cercana para al rato darme cuenta de que la propuesta no tenía sentido, o quizás no era el momento, o resultaba muy difícil de desarrollar (gracias por escucharme y respetarme en la euforia del momento), pasando a reírme de mi misma pero cuantas otras me puse manos a la obra, pude compartir la idea y hacerla realidad. Y no hablo únicamente del terreno artístico, también en otros ámbitos laborales, dentro y fuera de casa y en el día a día. Y ese momento no siempre aparece, o posee su tiempo, hay que estimularlo y también dejarse llevar por el impulso irrefrenable que hace que te levantes y vayas a por ello al papel, ordenador, guitarra…, creyendo en una misma y olvidándote de la vergüenza y también del miedo al otro.

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