Sin Categoría

Las ataduras invisibles

Están ahí aunque no las veas, aparecen justo cuando decides que es el momento de rellenar todos los boletos posibles y apostar por ti, cuando te das la vuelta en la cama para mirar hacia otro lado o ya encuentras momentos en los que eres capaz de vivir sin acordarte en todo momento de los tuyos. Según está montado todo te sientes muy rara igualmente. Un día me dijo mi hija que cuando estaba en el campamento no se acordaba de mí, aunque me quería mucho, porque estaba tan ocupada, pasándoselo tan bien… («que qué necesidad había de evocarme» -pensé yo). Para eso existen los campamentos, entre otras cosas y me parece muy bien. Pero no nos despistemos, existen unos tentáculos invisibles, de pulpo o parecidos a los de «Alien» que te agarran fuertemente del costado y en el momento que decides dar un paso, te recuerdan donde estás aún, en el imaginario de todos y lo que eres, aunque te empeñes en ir mudando de piel, como las mantis de religiosas hacen en varias ocasiones a lo largo de su vida (y no es que esté pensando exáctamente en comerme al macho). No resulta fácil ir dando pasos hacia nuevas direcciones arrastrando ese peso, te das la vuelta y solamente lo puedes ver tú, es un poco terrorífico, como si fueras un chipirón gigante y transparente caminando por la calle. Creo que le encantaría a David Cronemberg. El amor, algo aparentemente tan subjetivo, se construye en gran parte a través del tacto, no nos olvidemos y sin darnos cuenta, «si todo va bien», acabamos trenzando nuestra vida de tal manera que casi tienes la sensación de estar cometiendo un asesinato cuando un día decides soltarte la melena (el cordón umbilical como consecuencia del amor, no solo te une a los hijos). Llegas a sentir que hasta duele físicamente establecer la distancia necesaria para situarte en otro lugar más beneficioso, primeramente para ti y seguramente también para el resto. Otra posición desde la que puedas acabar de ser tú misma sin dejar de descuidar las tareas que socialmente te encomiendan por el hecho de ser mujer.

A pesar de todo, estamos tan acostumbradas a arrastrar pesos, a caminar mientras tiran de ti o tiras de otros que cuando te pones a hacerlo sola avanzas un montón. Cuando practicaba el piragüismo, nuestro entrenador, Pepe, nos ataba un trozo de manguera al kayack para que nos costara más palear. Metía una cuerda por el extremo de la goma, lo sacaba por el otro y lo ataba al culo de la piragüa. Paleábamos durante una hora con la embarcación frenada, teníamos que hacer más esfuerzo para avanzar, claro. Después te lo quitaba y al volver a meter la hoja de la pala en el agua salías volando, con una enorme sensación de ligereza.

Podemos hacer también como dice la canción de Pauline en la Playa, Elástica, «Me estiraré…», porque si hemos generado buenos vínculos no debería de ser necesario romperlos para llegar tan lejos como te propongas, aunque sí estirarlos «ad infinitum» si es necesario.

Por lo pronto todo esto.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *