Sin Categoría

Arena y agua

Mientras niños y niñas se afanaban en levantar castillos de arena bajo el sol, ella se dedicaba a construir tumbas y lápidas. Mientras sus amigos y amigas intentaban poner puertas al mar construyendo largas y elevadas murallas que resistieran el oleaje, ella escribía sobre la arena húmeda el nombre de cada persona fallecida, aunque también enterraba mascotas y objetos. Y poco a poco, de esta manera, fue levantando su particular cementerio de estilo churrigueresco, que es el más sencillo de hacer si cavas un hoyo profundo, coges con tus manos la mezcla de arena y agua y antes de que se te escape sin remedio entre los dedos, la dejas caer formando montículos cada vez más elevados y estrechos. Ya desde muy pequeña tenía la sensación de que, también de manera irremediable, la vida se le escurría de las manos, hasta en los sueños le pasaba, cuando se enfadaba con alguien no conseguía gritar, ni siquiera pegar con fuerza, extraña sensación como de no existir. Quizás por ello lo que más feliz le hacía era jugar con la arena, la única manera de controlar medianamente su vida durante unas horas al día, unos días a la semana, unas semanas al mes, unos meses al año. Cuando por fin acababa de levantar su efímero camposanto, organizaba la ceremonia; niños y niñas con toallas enroscadas en la cabeza caminaban en fila apesadumbrados a dar el último adiós a alguna persona de nombre rocambolesco mientras entonaban coros graves y monótonos, por supuesto que ella era la encargada de dirigir toda la liturgia, incluídos aquellos coros sobrenaturales, disfrazándose de manera oportuna con los coloridos pareos que su madre y su tía utilizaban para cubrir sus complejos. Y así, a pesar de que la algarabía propia del veraneo junto al mar reinaba en la playa, a esa hora en que la mayor parte de las familias hacían la digestión antes de volver a meterse en el mar, todos los ñiños y niñas, absolutamente todos los que habían acudido a jugar en la arena (y que esperaban aburridos sobre las toallas), se levantaban cual zombies y la seguían, caminando despacio sobre la arena caliente, dando tumbos entre las tumbas, se arrodillaban a su alrededor y cantaban y oraban hasta que llegaba el ocaso, ante la mirada estupefacta de las personas adultas.

Y como ya se sabe que la muerte es lo único irremediable y el mar es sabio, al bajar la marea la única construcción que permanecía en pie sobre la playa era aquel precioso y decadente cementerio de arena.

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